Los resultados de PISA 2025, publicados el 8 de septiembre de 2026, volvieron a colocar a la educación dominicana frente a un espejo incómodo. No solo por el lugar del país en la tabla internacional, sino por la discusión que abrió puertas adentro: qué tanto el sistema está dispuesto a reconocer su problema de aprendizaje y qué tanto se aferra a una narrativa de avances parciales, explicaciones externas y evaluaciones que no dialogan con lo que ocurre en las aulas.
En esa tensión se inserta el artículo de opinión “La patología del autoengaño en educación: lo que PISA nos obliga a reconocer”, de David A. Capellán y Luisa Taveras, que retrata un sistema que —según sus autores— aprendió a protegerse del diagnóstico. La idea central es directa: la mejora real comienza cuando se deja de “mentir” sobre el tamaño del fracaso.
PISA 2025: el golpe del presente, no la excusa del pasado
Los datos oficiales de la OCDE sitúan a República Dominicana con 361 puntos en ciencias, 346 en lectura y 339 en matemáticas en PISA 2025. En la comparación reciente, el patrón es el que el artículo subraya como más revelador: entre 2022 y 2025 no hay cambios significativos en ciencias ni matemáticas, y lectura cae seis puntos.
El retrato se agrava cuando se mira la proporción de estudiantes que no alcanza el nivel mínimo. En ciencias, por ejemplo, los “bajos desempeños” representan 74,1% y no hay estudiantes en los niveles más altos (5 o 6). Es aquí donde el debate deja de ser técnico para volverse político y social: lo que se juega no es un ranking, sino la capacidad de leer, razonar y resolver problemas en la vida cotidiana y en el mercado laboral.
El propio contexto internacional también es adverso: la OCDE informó que en PISA 2025 bajaron con fuerza el desempeño en lectura y matemáticas en el promedio de países desarrollados. Pero el artículo advierte contra una tentación frecuente: convertir la crisis global en consuelo local.
El artículo: autoengaño como política (y como cultura)
Capellán y Taveras construyen su argumento en cuatro “engaños” principales.
El primero es la comparación elegida para que duela menos: seleccionar un punto de partida conveniente para declarar avance. Los autores cuestionan celebraciones basadas en comparar 2025 con 2018, cuando —plantean— lo más honesto es medir contra el ciclo inmediato anterior (2022) o contra toda la serie histórica.
El segundo es la coartada financiera: reconocer que el dinero importa, pero insistir en que el problema ya no es solo presupuesto sino gestión. En República Dominicana, el 4% del PIB para educación se consolidó desde 2013 como un hito político y fiscal. La crítica del artículo es que más recursos no han garantizado aprendizajes si no se corrigen fallas de administración, asignación y efectividad del tiempo escolar.
El tercer engaño apunta al corazón del sistema: cómo se mide a quienes enseñan. Los autores describen un modelo que —según su lectura— evalúa formalidades (asistencia, papeles, cumplimiento burocrático) y no el aprendizaje verificable de los estudiantes.
El cuarto se concentra en la formación docente: el artículo afirma que se modificaron criterios de admisión y que el sistema estaría “bajando la vara” justo donde debería elevarla, permitiendo que ingrese una cohorte con un perfil académico más débil.
Juan Ariel Jiménez: “Hasta que no aceptemos lo mal que está…”
La discusión sumó la voz de Juan Ariel Jiménez, exministro de Economía, Planificación y Desarrollo (fusionado con Hacienda), quien en la transcripción respalda el diagnóstico de fondo: si el país no reconoce la dimensión del problema, no habrá transformación profunda.
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