La humanidad lleva ya más de 38 años intentando colectivamente detener el cambio climático, con resultados que dejan mucho que desear.
Sin embargo, para quienes hemos observado de cerca estos esfuerzos exasperantes, siempre ha habido un pequeño rayo de esperanza.
El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) de la ONU ha seguido haciendo exactamente aquello para lo que fue creado en 1988: reunir a cientos de científicos para brindar a los gobiernos información fidedigna con la que elaborar políticas climáticas.
Los científicos no realizan nuevas investigaciones. Resumen el mejor conocimiento disponible sobre el clima en enormes evaluaciones que son revisadas de manera tan exhaustiva por expertos y gobiernos que gozan de una influencia sin igual.
El proceso no es perfecto. Los informes, que se publican por etapas, pueden resultar desesperadamente densos y técnicos. Tardan entre seis y siete años en completarse, lo que los hace poco oportunos, y no son infalibles. En 2010, los líderes del IPCC se disculparon por una afirmación mal fundamentada de que los glaciares del Himalaya podrían desaparecer para 2035, una idea que, por desgracia, hoy parece menos absurda.
Pero eso fue solo un tropiezo en una obra galardonada con el Premio Nobel que ha demostrado a cualquiera capaz de leerla cómo los seres humanos están calentando el planeta y qué se puede hacer al respecto.
Más recientemente, los informes del IPCC han desempeñado un papel fundamental en la implementación del Acuerdo de París de 2015, el tratado global que exige a todas las naciones establecer metas climáticas.
Un elemento clave del tratado es el «Global Stocktake», o inventario global, (GST, por sus siglas en inglés) que consiste en la gran evaluación que los gobiernos deben realizar cada cinco años como parte del proceso de la COP para determinar cuánto progreso se está logrando realmente en la lucha contra el calentamiento global.
Hasta ahora solo se ha completado un GST de París, en 2023. Esto llevó a los gobiernos a asumir un compromiso largamente esperado para avanzar en la transición para abandonar los combustibles fósiles. También acordaron triplicar la capacidad de energía renovable y duplicar las tasas de mejora de la eficiencia energética para 2030.
Esos compromisos no surgieron de la nada. Todos se basaron en los hallazgos de la evaluación científica más reciente del IPCC y ofrecieron evidencia irrefutable de la necesidad de tomar medidas más urgentes.
Desde entonces, el cambio climático ha empeorado de manera cuantificable y los gases de efecto invernadero siguen aumentando, por lo que inevitablemente habrá una presión aún mayor para actuar en el próximo GST, previsto para 2028.
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