Esta semana, miles de soldados surcoreanos y estadounidenses deberían haber continuado con unos ejercicios militares de 11 días, destinados a demostrar su preparación para defenderse de un ataque de Corea del Norte. En vez, las tropas recogieron el equipo el viernes — el quinto día de maniobras — después de que Donald Trump anunció, en vísperas de los ejercicios, que los reduciría. Trump argumentó que enviaban una señal «hostil» a un país que, según él, se había mostrado «respetuoso y sin intenciones agresivas» durante su presidencia. La decisión del presidente parecía formar parte de un nuevo acercamiento diplomático hacia el líder norcoreano, Kim Jong Un, un gesto que Pyongyang desestimó inicialmente. Sin embargo, lo que se percibió como un desaire a un socio clave de EEUU ofrece una prueba más de que ya no se puede contar con el país norteamericano — bajo el mandato de Trump — como un aliado fiable en la región de Asia-Pacífico.
Trump ya había utilizado anteriormente como moneda de cambio frente al Corea del Norte estos ejercicios anuales con Corea del Sur, considerados durante mucho tiempo por Pyongyang como una provocación. El presidente canceló las maniobras en 2018, durante su primer mandato — tomando por sorpresa a algunos funcionarios estadounidenses — antes de reunirse en tres ocasiones con Kim para unas conversaciones sobre desnuclearización que resultaron infructuosas.
No obstante, su nuevo giro hacia la dictadura de Kim en el Norte — aparentemente a costa de la democrática Corea del Sur — resulta tan impactante como desconcertante. El líder norcoreano ha reforzado su posición en los siete años transcurridos desde sus reuniones con Trump, lo que le deja pocos incentivos para iniciar nuevas conversaciones. Corea del Norte ha ampliado considerablemente su arsenal nuclear; incluso el propio Trump afirmó esta semana que el país posee ya «57 armas muy potentes», aunque las estimaciones surcoreanas son bastante más elevadas. Kim también ha intensificado la cooperación económica y militar con Rusia, enviando tropas para apoyar la guerra de Vladímir Putin en Ucrania. Ha insistido en que sólo reanudará las conversaciones con EEUU si Washington abandona su exigencia de desnuclearización.
El acercamiento de Trump a Pyongyang ha suscitado especulaciones sobre si el presidente estadounidense está buscando un éxito diplomático en otro ámbito para distraer de sus fallidos intentos de poner fin a su desacertada guerra contra Irán. Asimismo, vinculó la reducción de los ejercicios en Corea del Sur con la negativa de Seúl a prestar asistencia militar en el conflicto del Medio Oriente. Sin embargo, en marcado contraste con el trato dispensado a Teherán, el presidente de EEUU parece estar recompensando, en la práctica, el desafío de Kim en un momento en que la retórica del líder norcoreano se ha vuelto cada vez más hostil hacia Corea del Sur y su ejército ha adquirido experiencia de combate moderno en Ucrania.
La actitud del presidente hacia Seúl está acrecentando la inquietud en toda la región de Asia-Pacífico sobre la fiabilidad de EEUU bajo el mandato de Trump, justo cuando la región se enfrenta a una China cada vez más asertiva. Del mismo modo que su política errática está reconfigurando los acuerdos de defensa en Europa y Medio Oriente, esta situación debería servir de incentivo para que las democracias de Asia Oriental refuercen al máximo sus relaciones mutuas y creen sus propios marcos de seguridad, incluyendo buscar vínculos más estrechos con India y con las democracias del Sudeste Asiático. Resulta especialmente lógico que Corea del Sur y Japón — países con intereses estrechamente alineados pese a su difícil historia compartida — cooperen directamente y reduzcan su dependencia de EEUU como eje central de su seguridad.
Si las democracias de Asia-Pacífico asumen una mayor responsabilidad con respecto a su propia seguridad — tal como ocurre en Europa —, ello podría constituir una consecuencia positiva de la conducta de Trump. No obstante, la actual política estadounidense dificulta que tanto Corea del Sur como Japón pasen por alto la cuestión, antes tabú, de adquirir capacidad de disuasión nuclear. Aunque el debate se encuentra aún en una fase incipiente y ambos países son signatarios del Tratado de No Proliferación Nuclear, el hecho de que tales ideas empiecen a considerarse viables demuestra cómo la política de EEUU bajo Trump — pese a su declarada ambición de contener los programas nucleares de Irán y Corea del Norte — corre ahora el riesgo de socavar décadas de esfuerzos de no proliferación en otras partes del mundo.
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