Conocí a Italia Mota Betermi en los años 1972 o 1973,
y desde entonces comenzó a crecer un cariño sincero
que con el tiempo se convirtió en familia.
Italia fue más que la madre de mi esposa:
fue apoyo, fue abrigo, fue amor constante.
Se fajó a cuidar, a alimentar
y a enseñar buenas costumbres a nuestros hijos,
mientras su hija Migdalia cumplía con su vocación de maestra.
Italia parió dos hijas de su entraña,
y Dios, en su infinita bondad, le regaló una más,
a la que amó como madre verdadera,
sin diferencias, sin condiciones.
Así era su corazón: amplio, generoso, justo.
De ese amor nacieron nueve nietos,
su mayor orgullo,
su alegría diaria,
su adoración más grande.
Sirvió a Jehová Dios durante 65 años,
con fe firme, humildad y ejemplo.
A la hora de su partida contaba con 98 años de vida,
años llenos de servicio, entrega y amor sembrado.
Ayer, viernes 23 de enero, se nos fue.
Hoy, sábado 24, descansa en el descanso eterno.
Su ausencia duele,
pero su vida nos consuela.
Porque Italia Mota Betermi no muere:
vive en sus hijas,
vive en sus nietos,
vive en las costumbres que enseñó,
en los valores que sembró
y en cada acto de amor que dejó como herencia.
Gracias por tanto, Italia.
Tu existencia valió la pena
y tu memoria será eterna.
Rafael Derich Aponte
y familia
