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Editorial
Cada 24 de abril, la memoria de la nación se detiene en uno de sus capítulos más amargos: la Guerra de Abril de 1965. Este no fue un episodio aislado; fue la culminación de un proceso en el que la ruptura institucional, el autoritarismo y la falta de diálogo llevaron a la nación a un enfrentamiento fratricida.
Todo comenzó con el derrocamiento del presidente constitucional Juan Bosch el 25 de septiembre de 1963. Esa ruptura del orden democrático dejó una grieta que, dos años después, estalló en una insurrección popular. El 24 de abril de 1965, los militares constitucionalistas se alzaron en armas, exigiendo la restauración de la democracia. Y así, lo que comenzó como un reclamo de justicia constitucional, se transformó en una guerra entre dominicanos.
Pero no solo fue una guerra interna. La intervención extranjera, encabezada por Estados Unidos a partir del 28 de abril, con la Operación Power Pack, reconfiguró la guerra en un escenario internacional. No solo llegaron 40,000 marines estadounidenses, sino también tropas de Brasil, Honduras, Paraguay, Nicaragua y otros países, bajo la mediación de la Organización de Estados Americanos. La soberanía se puso en pausa y la nación quedó dividida, no solo en sus calles, sino en su destino.
Hoy, al recordar aquel 24 de abril, el mensaje debe ser uno solo: que nunca más un dominicano levante su arma contra otro dominicano. Que nuestra historia nos enseñe que la democracia, los derechos y el diálogo son el camino, y que las divisiones internas solo nos debilitan.
Que sea este 24 de abril un llamado a la unidad, a la memoria y a la paz. Porque nunca más, jamás, debemos volver a enfrentarnos entre dominicanos.
POR RAFAEL DERICH
